Desde el punto de vista de la evolución humana, el estado
actual del hombre (Homo sapiens sapiens) presenta una particularidad notable
dentro de la naturaleza. Tal vez seamos una de las especies más inteligentes y
desarrolladas de nuestro planeta (cosa que también podría cuestionarse y daría
para trabajar otro tema), ya que hemos sido capaces de desarrollar y perfeccionar
un gran número de tecnologías en diferentes ámbitos, como la agricultura, la
medicina, la arquitectura y la educación, entre otras. Sin embargo, surge inevitablemente
la pregunta: ¿Cómo sucedió esto? Y la respuesta definitivamente es: gracias a
que precisamente la condición humana es comunitaria.
En este sentido, el planteamiento de Cliffor Geertz es osado,
pero a la vez notable y lleno de sentido, ya que su hipótesis sugiere de que el
hombre actual no llegó a ser lo que es hoy en día, o mejor dicho, su cerebro no
llegó a ser lo que es hoy en día, por un simple proceso de evolución
fisiológico-cronológico. Es decir, el homínido no pasó por etapas claramente
marcadas y en cierto momento específico desarrolló una capacidad intelectual
como por arte de magia, de un día para otro. La propuesta de nuestro autor
sugiere que el desarrollo del cerebro humano se dio a la par y gracias a que en
forma paralela se desarrollo la cultura.
La concepción tradicional nos dice que el cerebro del hombre
evolucionó de manera tal que en algún momento determinado se produjo la “magia”, y el hombre empezó a desarrollar la cultura.
Geertz nos dice que esto no fue así, sino que el cerebro humano, o en ese
momento homínido, se fue desarrollando y adquiriendo su complejidad gracias a
que a la par se fue retroalimentando con su cultura.
El punto es que la cultura sólo es posible en la medida en
que existe una sociedad o una comunidad que vive bajo sus cánones o parámetros.
Una cultura, que es algo tan propio y tan característico de un grupo humano
particular, permitió que ese antiguo cerebro primitivo de los primeros
homínidos fuera desarrollándose, y evolucionado de manera tal que ha permitido
aquellos avances mencionados previamente.
Es por esto que puede decirse que la condición humana es
comunitaria, ya que si no hubiese sido por la retroalimentación continua entre
el individuo y todos y cada uno de los integrantes de la comunidad a la cual éste
pertenece, probablemente hoy no seriamos lo que somos.
En la actualidad esto ha sido reconocido, y lo vemos por
ejemplo en la implementación hace algunos años con el Programa “Chile Crece
Contigo”, en el cual se intenta sistematizar en la atención primaria de salud
un estimulo progresivo y constante del recién nacido hasta el inicio de su
etapa preescolar, haciendo un marcado énfasis en la estimulación temprana, ya que
se comprobó que lo niños que son más y mejor estimulados desde temprana edad,
presentan mayores conexiones neuronales y, por lo tanto, se encuentran en
condiciones intelectuales más favorables que aquellos niños que no lo son, como
ocurre tristemente, por ejemplo, con los niños que se crían en hogares de
menores estatales, donde no se les puede prestar la atención necesaria para su mejor
estimulación.
CULTURA, ETNOCENTRISMO Y COMUNIDAD.
La relación entre los conceptos de cultura, etnocentrismo y
comunidad la podemos expresar de la siguiente manera: Toda comunidad posee una
cultura que le es propia y característica, con una multiplicidad de riquezas en
diversos ámbitos. Sin embargo, cuando una comunidad considera que la cultura
propia es superior a otra u otras culturas, tenemos una actitud etnocentrista
por parte de dicha comunidad.
Esto lo podemos ejemplificar a partir de los textos de Franz
Boas, “La mentalidad del hombre primitivo”, y de Marshall Sahlins, “La sociedad
opulenta primitiva”.
Sahlins nos hace ruido al analizar la forma en que los
europeos banalizaron y subestimaron la forma de vida, y por lo tanto la
cultura, de diversos pueblos cazadores y recolectores en distintas partes del
mundo. A estos europeos no les cabía en
la cabeza que estas comunidades anduviesen en muchos casos casi sin
vestimentas, que en ocasiones no tuvieran viviendas sólidas, y tal vez lo más
inquietante para ellos, la pobreza de sus utensilios materiales de uso diario,
inclusive sus herramientas. Sin embargo, Sahlins interpreta la cultura de estas
comunidades como lo que llama “Sociedades opulentas”, en el sentido de que al
no tener grandes necesidades materiales, viven adecuadamente con lo que su
entorno les brinda, por lo tanto, al tener escasas expectativas de cosas
materiales, no sufren ni les falta lo necesario, que en resumen es para ellos
la alimentación.
Otro ejemplo nos lo brinda Franz Boas. Él hace un ejercicio
muy interesante, al mostrarnos que una comunidad que cuente con un gran número
de palabras en su lenguaje cotidiano, no necesariamente será superior
culturalmente a una comunidad que cuenta con un número inferior, ya que el número
de palabras ira en directa relación con la utilidad que éstas tengan en sus vidas
diarias, y que en el caso de ser requerido, el número de estas aumentará. Por
ejemplo, en una ciudad a nosotros nos basta con la palabra árbol para designar
una entidad especifica, pero para una comunidad que vive en un bosque
seguramente no bastará con la palabra “árbol”, y requiera de 50 o 100 nombres
distintos para designar lo que a nosotros nos resulta útil en un solo concepto.
LA COSMOVISIÓN MEDIEVAL Y EL PENSAMIENTO MODERNO.
La cosmovisión medieval se distingue del pensamiento moderno
en dos modos de ver el mundo (bastante particulares y diferentes a la vez), en
lo que Rafael Echeverria denomina en el “Búho de Minerva” con el concepto de
“Paradigma de Base”. Según este concepto, cada sociedad tiene una forma
particular de entender el mundo según el periodo histórico o cronológico en que
le toque desenvolverse.
En este sentido, el Paradigma de Base que distingue la
cosmovisión medieval esta dado por su carácter teocéntrico, y el Paradigma de
Base del Pensamiento moderno esta dado por la duda o el pensamiento crítico.
La cosmovisión medieval tiene su centro en Dios, todo
adquiere sentido en torno a él, y por lo tanto se vuelve un valor fundamental
el conocimiento a partir de la fe. Es tan así que cuando algún tipo de
conocimiento se contrapone con la realidad divina, es ésta la que prima, aun
cuando la lógica y el empirismo le den la razón a la contraparte. La razón solo
será aceptada en la medida que corrobore o justifique algún dogma de la fe, en
caso contrario, la cosmovisión medieval asume que el ejercicio de la razón
simplemente no ha sido utilizado de forma adecuada, ya que no tendría sentido
que cualquier nuevo conocimiento adquirido atente contra aquello que da forma
al propio pensamiento de la época, es decir, a su esencia teocéntrica.
De las múltiples implicancias que esto puede tener, sin duda
una de las más interesantes corresponde al papel que desempeñará la jerarquía
de la Iglesia a la hora de dirimir acerca del conocimiento verdadero o el falaz,
ya que será esta jerarquía quien en definitiva cautelará que conocimiento es
adecuado a la verdad de la fe y cual se aleja de ésta, con todos los abusos de
poder que ya son de extenso dominio público.
En el pensamiento moderno, en cambio, el Paradigma de Base
dijimos que estaría dado por lo que se conoce como la “duda” o el “pensamiento crítico”.
Ya no basta con una visión acerca del mundo dada ontológicamente por la
existencia de un ser supremo que dirige de una u otra forma la vida de las
personas, sino que será la razón la que se impondrá sobre Dios, y lo colocará
en el banquillo de los interrogados para finalmente asumir que las certezas
deben “conseguirse” de manera activa, y ya no por una fe revelada, ya que ésta
no basta para explicar la realidad del mundo en el cual nos desenvolvemos.
Es de esta manera como el poder, que en la cosmología
medieval ostentaba la teología, será ahora en la modernidad reemplazado por la
ciencia, que a partir de su desarrollo epistemológico se centrará en el
problema del conocimiento en sí. La naturaleza ya no es un simple reflejo del
creador, sino que ahora se subordina al conocimiento humano, lo que la vuelve
un objeto no sólo de su insaciable sed de conocimiento, sino que en un producto
más que, al igual que otros, puede ser manipulado por la inteligencia humana de
acuerdo a la conveniencia del poder de turno.
De esta manera aparece el concepto de “progreso”, en el cual
se asegura que el conocimiento adquirido a partir (o a través) de la ciencia,
nos conducirá en forma lineal e inequívoca a un continuo desarrollo humano,
aunque también es sabido por todos que esta promesa de progreso no se cumplió
necesariamente así, por lo menos, no para todos, y no en todos los ámbitos.
Así la humanidad realiza un cambio de paradigma importante,
en el cual la “fe” en los dogmas religiosos es reemplazada por la “fe” en el
progreso (que sería aportado supuestamente por la ciencia).
Esta diferencia entre la cosmovisión medieval y el
pensamiento moderno, se ejemplifica claramente en la película “El Nombre de la Rosa”. En
esta película vemos la marcada contraposición existente entre el afán lógico investigativo
del protagonista (quien a partir de la razón intenta develar el misterio de las
muertes producidas en el monasterio), incluso reprendiendo en variadas
ocasiones a su pupilo por su falta de raciocinio en algunas deducciones, y la
visión tradicionalista y dogmatica del encargado del convento, así como de su más
antiguo monje (quien resulta ser el asesino), en que guían todas sus
conclusiones en relación a un supuesto fin de los tiempos, o a la aparición del
demonio, quien se estaría dedicando a matar a diestra y siniestra.
Es notable la diferenciación de “ambos mundos” presentada en
la trama de la película: el marcadamente medieval y religioso del asesino, y el
crítico y razonado del protagonista. Y es que a partir de un libro, (supuestamente
poseedor de idearios heréticos), se debate la idea de que el conocimiento debe
ser puesto al servicio de la humanidad y para todos aquellos que quieran
aprender de él; por otro lado, se muestra la visión de un libro que debe ser
escondido a toda costa, y de ser necesario destruido ( lo que finalmente
ocurre), ya que pone en jaque la doctrina de la fe, y en resumidas cuentas, la
idea que se tiene de Dios y de la forma de entender el mundo (por lo menos
hasta ese momento).
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