jueves, 15 de noviembre de 2012

COMUNIDAD Y SOCIEDAD

“LA EVOLUCIÓN DE LA MENTE Y EL SURGIMIENTO DE LA CULTURA”, CLIFFOR GEERTZ.

Desde el punto de vista de la evolución humana, el estado actual del hombre (Homo sapiens sapiens) presenta una particularidad notable dentro de la naturaleza. Tal vez seamos una de las especies más inteligentes y desarrolladas de nuestro planeta (cosa que también podría cuestionarse y daría para trabajar otro tema), ya que hemos sido capaces de desarrollar y perfeccionar un gran número de tecnologías en diferentes ámbitos, como la agricultura, la medicina, la arquitectura y la educación, entre otras. Sin embargo, surge inevitablemente la pregunta: ¿Cómo sucedió esto? Y la respuesta definitivamente es: gracias a que precisamente la condición humana es comunitaria.

En este sentido, el planteamiento de Cliffor Geertz es osado, pero a la vez notable y lleno de sentido, ya que su hipótesis sugiere de que el hombre actual no llegó a ser lo que es hoy en día, o mejor dicho, su cerebro no llegó a ser lo que es hoy en día, por un simple proceso de evolución fisiológico-cronológico. Es decir, el homínido no pasó por etapas claramente marcadas y en cierto momento específico desarrolló una capacidad intelectual como por arte de magia, de un día para otro. La propuesta de nuestro autor sugiere que el desarrollo del cerebro humano se dio a la par y gracias a que en forma paralela se desarrollo la cultura.

La concepción tradicional nos dice que el cerebro del hombre evolucionó de manera tal que en algún momento determinado se produjo la “magia”,  y el hombre empezó a desarrollar la cultura. Geertz nos dice que esto no fue así, sino que el cerebro humano, o en ese momento homínido, se fue desarrollando y adquiriendo su complejidad gracias a que a la par se fue retroalimentando con su cultura.

El punto es que la cultura sólo es posible en la medida en que existe una sociedad o una comunidad que vive bajo sus cánones o parámetros. Una cultura, que es algo tan propio y tan característico de un grupo humano particular, permitió que ese antiguo cerebro primitivo de los primeros homínidos fuera desarrollándose, y evolucionado de manera tal que ha permitido aquellos avances mencionados previamente.

Es por esto que puede decirse que la condición humana es comunitaria, ya que si no hubiese sido por la retroalimentación continua entre el individuo y todos y cada uno de los integrantes de la comunidad a la cual éste pertenece, probablemente hoy no seriamos lo que somos.

En la actualidad esto ha sido reconocido, y lo vemos por ejemplo en la implementación hace algunos años con el Programa “Chile Crece Contigo”, en el cual se intenta sistematizar en la atención primaria de salud un estimulo progresivo y constante del recién nacido hasta el inicio de su etapa preescolar, haciendo un marcado énfasis en la estimulación temprana, ya que se comprobó que lo niños que son más y mejor estimulados desde temprana edad, presentan mayores conexiones neuronales y, por lo tanto, se encuentran en condiciones intelectuales más favorables que aquellos niños que no lo son, como ocurre tristemente, por ejemplo, con los niños que se crían en hogares de menores estatales, donde no se les puede prestar la atención necesaria para su mejor estimulación.


CULTURA, ETNOCENTRISMO Y COMUNIDAD.

La relación entre los conceptos de cultura, etnocentrismo y comunidad la podemos expresar de la siguiente manera: Toda comunidad posee una cultura que le es propia y característica, con una multiplicidad de riquezas en diversos ámbitos. Sin embargo, cuando una comunidad considera que la cultura propia es superior a otra u otras culturas, tenemos una actitud etnocentrista por parte de dicha comunidad.

Esto lo podemos ejemplificar a partir de los textos de Franz Boas, “La mentalidad del hombre primitivo”, y de Marshall Sahlins, “La sociedad opulenta primitiva”.

Sahlins nos hace ruido al analizar la forma en que los europeos banalizaron y subestimaron la forma de vida, y por lo tanto la cultura, de diversos pueblos cazadores y recolectores en distintas partes del mundo. A estos europeos no les cabía en  la cabeza que estas comunidades anduviesen en muchos casos casi sin vestimentas, que en ocasiones no tuvieran viviendas sólidas, y tal vez lo más inquietante para ellos, la pobreza de sus utensilios materiales de uso diario, inclusive sus herramientas. Sin embargo, Sahlins interpreta la cultura de estas comunidades como lo que llama “Sociedades opulentas”, en el sentido de que al no tener grandes necesidades materiales, viven adecuadamente con lo que su entorno les brinda, por lo tanto, al tener escasas expectativas de cosas materiales, no sufren ni les falta lo necesario, que en resumen es para ellos la alimentación.

Otro ejemplo nos lo brinda Franz Boas. Él hace un ejercicio muy interesante, al mostrarnos que una comunidad que cuente con un gran número de palabras en su lenguaje cotidiano, no necesariamente será superior culturalmente a una comunidad que cuenta con un número inferior, ya que el número de palabras ira en directa relación con la utilidad que éstas tengan en sus vidas diarias, y que en el caso de ser requerido, el número de estas aumentará. Por ejemplo, en una ciudad a nosotros nos basta con la palabra árbol para designar una entidad especifica, pero para una comunidad que vive en un bosque seguramente no bastará con la palabra “árbol”, y requiera de 50 o 100 nombres distintos para designar lo que a nosotros nos resulta útil en un solo concepto.


LA COSMOVISIÓN MEDIEVAL Y EL PENSAMIENTO MODERNO.

La cosmovisión medieval se distingue del pensamiento moderno en dos modos de ver el mundo (bastante particulares y diferentes a la vez), en lo que Rafael Echeverria denomina en el “Búho de Minerva” con el concepto de “Paradigma de Base”. Según este concepto, cada sociedad tiene una forma particular de entender el mundo según el periodo histórico o cronológico en que le toque desenvolverse.

En este sentido, el Paradigma de Base que distingue la cosmovisión medieval esta dado por su carácter teocéntrico, y el Paradigma de Base del Pensamiento moderno esta dado por la duda o el pensamiento crítico.

La cosmovisión medieval tiene su centro en Dios, todo adquiere sentido en torno a él, y por lo tanto se vuelve un valor fundamental el conocimiento a partir de la fe. Es tan así que cuando algún tipo de conocimiento se contrapone con la realidad divina, es ésta la que prima, aun cuando la lógica y el empirismo le den la razón a la contraparte. La razón solo será aceptada en la medida que corrobore o justifique algún dogma de la fe, en caso contrario, la cosmovisión medieval asume que el ejercicio de la razón simplemente no ha sido utilizado de forma adecuada, ya que no tendría sentido que cualquier nuevo conocimiento adquirido atente contra aquello que da forma al propio pensamiento de la época, es decir, a su esencia teocéntrica.

De las múltiples implicancias que esto puede tener, sin duda una de las más interesantes corresponde al papel que desempeñará la jerarquía de la Iglesia a la hora de dirimir acerca del conocimiento verdadero o el falaz, ya que será esta jerarquía quien en definitiva cautelará que conocimiento es adecuado a la verdad de la fe y cual se aleja de ésta, con todos los abusos de poder que ya son de extenso dominio público.

En el pensamiento moderno, en cambio, el Paradigma de Base dijimos que estaría dado por lo que se conoce como la “duda” o el “pensamiento crítico”. Ya no basta con una visión acerca del mundo dada ontológicamente por la existencia de un ser supremo que dirige de una u otra forma la vida de las personas, sino que será la razón la que se impondrá sobre Dios, y lo colocará en el banquillo de los interrogados para finalmente asumir que las certezas deben “conseguirse” de manera activa, y ya no por una fe revelada, ya que ésta no basta para explicar la realidad del mundo en el cual nos desenvolvemos.

Es de esta manera como el poder, que en la cosmología medieval ostentaba la teología, será ahora en la modernidad reemplazado por la ciencia, que a partir de su desarrollo epistemológico se centrará en el problema del conocimiento en sí. La naturaleza ya no es un simple reflejo del creador, sino que ahora se subordina al conocimiento humano, lo que la vuelve un objeto no sólo de su insaciable sed de conocimiento, sino que en un producto más que, al igual que otros, puede ser manipulado por la inteligencia humana de acuerdo a la conveniencia del poder de turno.

De esta manera aparece el concepto de “progreso”, en el cual se asegura que el conocimiento adquirido a partir (o a través) de la ciencia, nos conducirá en forma lineal e inequívoca a un continuo desarrollo humano, aunque también es sabido por todos que esta promesa de progreso no se cumplió necesariamente así, por lo menos, no para todos, y no en todos los ámbitos.

Así la humanidad realiza un cambio de paradigma importante, en el cual la “fe” en los dogmas religiosos es reemplazada por la “fe” en el progreso (que sería aportado supuestamente por la ciencia).

Esta diferencia entre la cosmovisión medieval y el pensamiento moderno, se ejemplifica claramente en la película “El Nombre de la Rosa”. En esta película vemos la marcada contraposición existente entre el afán lógico investigativo del protagonista (quien a partir de la razón intenta develar el misterio de las muertes producidas en el monasterio), incluso reprendiendo en variadas ocasiones a su pupilo por su falta de raciocinio en algunas deducciones, y la visión tradicionalista y dogmatica del encargado del convento, así como de su más antiguo monje (quien resulta ser el asesino), en que guían todas sus conclusiones en relación a un supuesto fin de los tiempos, o a la aparición del demonio, quien se estaría dedicando a matar a diestra y siniestra.

Es notable la diferenciación de “ambos mundos” presentada en la trama de la película: el marcadamente medieval y religioso del asesino, y el crítico y razonado del protagonista. Y es que a partir de un libro, (supuestamente poseedor de idearios heréticos), se debate la idea de que el conocimiento debe ser puesto al servicio de la humanidad y para todos aquellos que quieran aprender de él; por otro lado, se muestra la visión de un libro que debe ser escondido a toda costa, y de ser necesario destruido ( lo que finalmente ocurre), ya que pone en jaque la doctrina de la fe, y en resumidas cuentas, la idea que se tiene de Dios y de la forma de entender el mundo (por lo menos hasta ese momento).


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